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Conociendo algo más del juego: Entre el vicio y la diversión

By editor | November 19, 2007

Uno es estadounidense, el otro argentino. Uno está sentado a la derecha de la mesa, el otro a la izquierda. Ambos juegan por un mismo motivo. Divertirse. No importa la mano que toque. Sea buena o mala. Siempre hay motivos para seguir jugando black jack. Lo único que vale aquí es pasarla bien y si se puede ganar mucho mejor. Son las once de la noche y la garúa ya empieza a salpicar sus primeras gotas en las afueras del Casino “La Hacienda” en el distrito de Miraflores. Este casino lo conocí en uno de mis tantos viajes a Lima.

El último juego de la anterior baraja acaba de concluir. Es tiempo para descansar y relajarse un poco. Es tiempo para beber un vaso de whisky. De pronto, una llama empieza a flamear frente a los ojos del robusto anciano estadounidense. Enciende su puro y de inmediato una especie de humareda se esparce por los alrededores de la mesa. El inconfundible color café del habano resalta ese aire de prestancia que impone con su sola presencia. Ya está listo para volver a jugar.

Mientras el dealer baraja las cartas, un empleado de limpieza recoge algunas servilletas que están en el suelo. Nadie se da cuenta de su presencia. Salvo una persona. Alguien que observa detenidamente su desempeño. Se trata de una de las supervisoras del casino. Ella junto a un individuo de rasgos asiáticos, que más se asemeja a un extra de alguna película de Jackie Chan, se encargan de inspeccionar que todo funcione a la perfección en el casino.

El tiempo transcurre y nada lo detiene. Después de algunos minutos de espera, por fin el dealer tiene lista la baraja. Solo queda un paso más para que se de inicio a otra mano de black jack. Y ese paso es cortar la baraja. Ninguno de los dos quiere hacerlo. Finalmente, el muchacho argentino la corta mientras contempla con mirada perdida la caja de Marlboro que está junto a sus fichas. Parece un poco cansado. Solo él sabe cuando fue su primera apuesta.

Un nuevo juego está a punto de empezar. Solo están los dos extranjeros. El dealer los mira y mueve su mano extendida a lo largo de la mesa. Es la señal de apuestas. Ambos ven sus fichas y se lanzan al ruedo. El muchacho rioplatense va primero. Se le ve ansioso por jugar. Apuesta cuatro fichas blancas que equivalen al valor de veinte soles. Le sigue el fumador con dos fichas moradas que equivalen al valor de cuarenta soles.

El dealer le muestra su primera carta al argentino de boina negra y barba frondosa. Es un diez de espadas. Al verlo, una extraña mezcla de ansiedad y confianza surge en su interior. Ahora le toca el turno al robusto estadounidense de mirada fija y cabello a canas. Esta vez no tuvo tanta suerte como en otras ocasiones. Tiene un seis de corazones. Sin embargo, no todo está perdido. Falta la segunda ronda.

Alberto muestra la segunda carta del muchacho rioplatense. Es un As de tréboles. Una sutil sonrisa se dibuja en su rostro. Es veintiuno. Black Jack. El riesgo valió la pena. Ahora la paga es de tres a dos. Ya no de dos a uno como en todas las jugadas anteriores. Es su primer Black Jack de la noche. Acomoda su cabello y bebe un sorbo de whisky mientras espera que le entreguen las fichas que acaba de ganar.

Al otro extremo de la mesa se encuentra la otra cara de la moneda. Luego del veintiuno, el dealer le muestra su segunda carta al estadounidense. Es un nueve de tréboles. En total quince. Pero el dealer tiene un once de espadas como carta visible. La carta oculta es un misterio. La duda lo embarga. Pedir o no pedir. He ahí el dilema. Tiene unos cuantos segundos para definirlo. Es una decisión difícil de tomar.

Sus ojos no se despegan ni un solo instante de la mesa. El dealer voltea la carta oculta y resulta ser un seis de corazones. En total dieciséis. Por regla, está forzado a sacar una carta más en este caso. La esperanza aún sigue latente. Sabe lo que este juego significa para él. El dealer saca la carta adicional. Un sudor frío recorre su frente. Tan solo atina a repetir la misma frase varias veces. “Vuela, vuela, vuela”.

De pronto, la tensión se transforma en tristeza. Es un cuatro. En total veinte. Perdió su apuesta y con ella se fueron al agua cuarenta soles. A pesar de la derrota aún le quedan varias fichas por jugar. No pierde la fe. Otra vez el dealer vuelve a mover su mano extendida en señal de apuesta. Una nueva oportunidad se le presenta. Vuelve a apostar la misma cantidad. Cuarenta soles. Esta vez confía en salir ganador. La misma historia se repite. Parece un deja vu.

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