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Un ejemplo de que la educación no tiene limites

By Allison | January 23, 2008

Jorge Alonso Medina, “Coquito”, era de sombra prolongada y figura torpe. Tenía 58 años y llevaba 22 de loco. Hablaba solo la mayor parte del tiempo y hace mucho que había perdido la fortuna de ser escuchado. Su vigencia como narrador andante había caducado. Caminaba solo, casi como extraviado y con la lengua seca de tanto hablar. Hablaba durante todo el día y quizás durante toda la noche. Todos lo creían loco, todos menos él.”Yo no soy loco, sólo dejé de ser cuerdo, porque ser cuerdo me hacia vivir una sola realidad, ahora puedo vivir la de cualquiera, sólo tengo que recordar y ya”.

 

Su piel canela delataba varias heridas de guerra: cortes, cicatrices y perforaciones de bala (mudos delatores de su pasado militar). Su cabello encrespado color  noche simulaba poco su falta de aseo y junto al resto de su cuerpo parecía implorar, valiéndose de olores a manera de plegarias, un buen baño y una buena peinada. 

Florencia Maria Luyo Salazar, su esposa y viuda de 56 años, era su fiel compañera. Ella lo atendía y velaba por que no le faltara alimento ni educación. Cuenta Doña Florencia que lo conoció hace 34 años y que nunca más se apartó de su lado. Sus primeros diez años de matrimonio fueron felices, hasta que una tarde, después de una fuerte discusión por una bobería, él la tomó de las manos, la miró solemnemente a los ojos y dejando escapar una lágrima le dio un beso en la frente y le susurró al oído las ultimas palabras cuerdas que le escucharía decir: “Me vas a volver loco”. Esa noche hicieron el amor durante horas, quizás por todas las noches que nunca más lo harían. A la mañana siguiente se había cagado en toda la sábana y no paraba de hablar. Esa última frase habría sido un vaticinio, contaría Florencia luego. 

Después de una infinidad de exámenes los médicos le dijeron que tenia una extraña enfermedad mental, degenerativa, poco común, pero letal. Él tenía  34 años y nunca más volvería a trabajar. Había perdido  la capacidad de discriminar entre sus deseos y los hechos de su vida. Entonces empezó a alucinar y en la lucidez de su no locura encontraría solución al vacío en su memoria en los estudios. Doña Florencia no tuvo más remedio que hacerse cargo de todo. “Coquito” era como un niño que siempre la acompañaba. Juntos, los dos, iban al mercado, cocinaban juntos y limpiaban la casa juntos. Eran inseparables. Por las tardes, mientras que doña Florencia  tomaba la siesta hasta la hora del lonche, “Coquito” se sentaba en la vereda, a puertas de la casa, y les contaba historias a los niños. Los educaba. Cuando no había niños intentaba con los perros. 

Era un buen tipo, todos los vecinos lo reconocen. La vida Le vedó el derecho a ser juicioso, pero a cambio le dio el don de reinventarse sus propios recuerdos, de jugar  con su memoria, de contar historias. Su problema mental nunca fue  un impedimento para seguir su educación, hizo la educación básica, se graduó de enfermero como carrera técnica e incluso estudio  ingles como segundo idioma. Fue mi amigo y al morir nadie  notó  su problema mental, todos lo recordaron como ejemplo de vida.

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